Él y la lluvia.

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   Está sentado en un banco con vistas al río. Un rayo de sol se hace sitio entre un cielo que, único testigo de su soledad, le observa gris entre las nubes. La luz ilumina el cauce, haciendo que el agua se torne naranja. Viste traje y sombrero oscuro. Un pañuelo blanco doblado busca su sitio en la solapa de la chaqueta. La ropa le queda grande, pero él mismo la compro cuarenta años atrás.

   Mira los zapatos y brillan como nuevos. Tiene en el regazo un ramo de flores con una tarjeta pegada a él. Un par de perros pasan ladrando a su lado. Él sonríe y una lágrima cae por su rostro. Levanta la vista del suelo y mira sus manos, viejas y manchadas por el tiempo. El anillo de boda brilla aún más que cuando se lo puso por primera vez. Se le escapa una sonrisa mientras le da vueltas al anillo y se acuerda de ella. 

    Apoyándose sobre sus rodillas, se levanta con dificultad. Con el ramo de flores en la mano pasea tranquilo de vuelta a la ciudad. Lleva la sonrisa fija en la boca y una mujer clavada en la cabeza. Las tiendas, decoradas con corazones de papel, flores de plástico y frases de amor prefabricadas, celebran san Valentín.

    Camina por aceras llenas de gente, lejos de la soledad de su banco. Observa a unos y otros. Parejas que se gustan, parejas que se soportan y parejas que se comprenden paseando de la mano o del brazo, según la edad y el humor, con flores o ramos en sus manos, según presupuestos y ganas de demostrar. El cielo ya no parece querer acompañar su catorce de febrero, pero él sigue sonriendo.

    Pasea sin prisa por la calle comercial, dónde todos se entienden desde hace años pero nadie conoce nombres. Saluda al librero, a la florista y la señora de la tienda de juguetes. Se para ante el escaparate de la pastelería y apoya la mano libre en el cristal para ver mejor. Unos bombones de chocolate acaparan su atención. Decidido, entra y, sin preguntar precio, los compra. Para regalo, le preguntan. No, contesta, me los llevo puestos.

    Tiene un viaje por delante y toda una vida por detrás. Llega a la parada del autobús cargado de ilusiones y regalos. Tiene suerte, el autobusero es puntual y empieza a chispear. Los bombones se han mojado un poco, pero no el preocupa. Al entrar, saluda al conductor con optimismo. Enseña la tarjeta de la tercera edad y bromea sobre lo innecesario que es mostrarla visto el estado de su disfraz de persona. El autobusero, sin mirarle, sonríe y arranca. 

    Busca asiento pero están todos llenos, así que se agarra a la primera barra que encuentra. Con el primer movimiento, su caja de bombones se cae y se abre, llenando el suelo mojado de chocolates. Se agacha a cogerlos, pero no puede: el traje no es de su talla, la edad le va grande y el cuerpo pequeño. Una pareja joven, que hasta hace un par de minutos se besaba como si no hubiera nadie más allí, ayuda al anciano a rellenar la caja. El hombre, agradecido, les ofrece los pocos bombones que habían quedado intactos, a lo que la chica contesta que los aceptará si acepta su asiento lo que resta de trayecto.

    Ya junto a la ventana, arregla su traje, su peinado y coloca la caja de bombones y el ramo de flores sobre sus rodillas. Con una mano apoyada en la ventana aguantando su cara, ve a través del cristal la ciudad enamorada y feliz. Críos que juegan en los charcos, chicas que lucen vestidos nuevos y muchachos que llevan regalos con la ilusión de un niño. Y entonces piensa. Él jugaba en esos charcos cuando era pequeño. Salpicado de agua y alegría durante días, tardes y noches en las que su única preocupación era llegar cinco minutos después del grito que su madre hacía desde la ventana. Recuerda también a su chica con aquél vestido de flores, dando vueltas sobre sí misma, dejando que el viento volara su falda y despeinara su cabello. Recuerda tanto y tan bien que hasta le duele. Su sonrisa de desvanece: sabe que dentro de pocos años recordará lo que no necesita recordar y olvidará lo que no quiere olvidar. Y esto la incluye a ella.

    Una mano en el hombro le sacude y le despierta. Es la última parada, le advierte el conductor. Se ha quedado dormido apoyado en el cristal empañado. El autobusero le pide disculpas por no haberse fijado antes de que aún seguía ahí. Comenta que no se preocupe, que en seguida volvería a la ciudad y seguramente su parada ya se había pasado. El viejo sonríe y dice que ésa es su parada, que tiene una cita y que feliz san Valentín a él y su señora.

    El conductor, extrañado, le advierte de que el último autobús pasa a las ocho y media. El anciano, sorprendido, comenta que desde que él coge esa línea, hace diez años y tres meses, el último pasaba a las nueve. Su sonrisa inmóvil borra la posibilidad de cualquier explicación del conductor. Se levanta con ímpetu, plancha su pantalón con las manos y estira la chaqueta, como si esta fuera su primera cita y tuviera que ofrecer la mejor impresión. Ahora ya llueve y el suelo está embarrado. Coloca el ramo de flores bajo el brazo derecho, la caja de bombones en la mano izquierda y, con dificultad, abre el paraguas y sale.

    Le rodea un campo lo suficientemente grande como para perder la vista en él. Hay pocos árboles, aunque los bastante altos como para ser buen refugio. La carretera, que cruza el prado verde y húmedo, está prácticamente vacía. Hay una valla de madera que la bordea hasta perderse en el infinito. El autobús arranca y el viejo se queda solo. Camina por el arcén, pisando el barro y ensuciando los zapatos que había comprado para la ocasión.

    El viento viene de cara y sus ropas se empapan. Tras unos minutos de paseo, se para a la altura de un árbol que no destaca por encima del resto. Justo ahí, la valla tiene una pequeña puerta por la que pasar. Cruza y se mete de lleno en la hierba. Camina decidido con el ramo de flores en el brazo, los bombones en la mano, el paraguas sobre su cabeza y la mujer bajo el sombrero. A falta de unos pocos metros del árbol, la ve. Allí está ella, al lado del tronco, esperándole. Sonríe y acelera su paso, tanto como la edad le permite. Tiene ganas de verla.

    Al llegar, está empapado y tiritando. Ahora llueve más fuerte y su paraguas se vuelve inútil, por lo que decide cerrarlo, dejándolo a un lado. En la raíz del árbol hay una silla plegable escondida. El viejo la coge y se sienta mientras coloca los regalos en el suelo. Mirando a su amada, le dice:

– Te he traído un ramo de flores algo destrozado y una caja de bombones, de los de chocolate, que sé que te gustan. Algunos se me han caído viniendo hacia aquí, ya sabes que soy muy torpe, pero tranquila, esos me los comeré yo.

    Él la mira, enamorado, con una sonrisa en la boca y lágrimas en los ojos. Ella no. Observa la cruz, con su nombre y la fecha de su muerte.

– ¿Sabes? Hoy he estado en nuestro banco, en el que nos sentábamos cada tarde mientras la enfermedad acababa contigo, y he decidido venir a verte. Es san Valentín. Siempre te había dicho que era un día más, pero desde que no estás pienso justo lo contrario: es un día menos. Un día menos para volver a verte.

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