Mi niña Martina.

Ane

Antes venías, aquí, con tu máquina de escribir y te dedicabas a enseñarme lo que hacías, cómo lo hacías, me lo leías, reíamos juntas, pensábamos juntas, bebíamos, joder, éramos tú y yo y a la vez éramos una, ahora en cambio vienes cuando quieres, y ya casi nunca quieres, ni siquiera hacemos el amor como antes, ahora es algo frío, algo insensible, ni te noto a mi lado cuando me tocas, ni cuando me besas, no sé qué te ha pasado, si es que te ha pasado algo, o quizás sea yo lo que te haya pasado ya, que ya no cuento como presente, ¿es eso? Ya no cuento como presente, ¿verdad? Contesta, maldita sea, contesta lo que sea, pero dime algo, no me mires como si la extraña fuera yo.

Martina me miraba con ojos tristes, llena de ojeras, puede que de beber, puede que de llorar, no importa, el denominador común era la droga, la culpable de su insignificante existencia y de su más que arruinada vida. Era una adicta al crack y yo también, pero sabía controlarme, sabía cuándo y cómo meterme. Habíamos sido amantes desde que tenía uso de razón pero poco a poco ella se había ido distanciando más y más de mí por culpa de la heroína, y yo cada vez estaba más lejos de ella gracias a varias amantes que estaba empezando a ver con mayor asiduidad, tenía una vida nueva, una vida limpia, y Martina solo me manchaba de mierda y de su olor, olor que impregnaba todo como si un ventilador gigantesco salpicara mierda sin parar mientras ella seguía absorta en su esquina de la habitación, con el calor del verano entrando a todo trapo entre las rendijas abiertas de las persianas que, bajadas como estaban, impregnaban la habitación de un ambiente húmedo, casi enfermizo.

Yo sudaba mucho, demasiado, mi ropa estaba empapada, pero Martina temblaba de frío y me miraba entre gasas y jeringuillas, con la cabeza gacha buscando una limpia. Que no quedaban, ya lo sabíamos ambas, pero parecía darle igual a su alma de yonki, delgada como estaba, pelo lacio y sucio, tan guapa como había llegado a ser y tanta pena como podía llegarme a dar su espíritu podrido. Allí estaba ella, o lo que quedaba de ella, mi niña bonita, la que un día conocí como se conocen a las personas geniales, por mera casualidad, por azar.

Ahora, entre las paredes enmohecidas de aquella casa rota, mi pequeña princesa me pedía explicaciones, caída de rodillas y destruida hasta las trancas, sucia y deshecha como estaba. Pura basura. Eso era mi niña Martina, pura basura, un desecho, un montón de recuerdos en forma de persona. Y ahí estaba yo, espectadora de lujo en palco VIP, viéndola perder el alma, o lo que quedara de ella, de aquella alma que había pasado horas y horas conmigo, de aquella alma que había paseado de mi mano sin que nos importara una mierda la opinión de los que miraban a dos mujeres quererse a discreción.

Tanta pena me daba que me llevé la mano al bolsillo y saqué el arma con la que acabé con ella, con su mierda de vida, de un tiro en la nuca, cayendo de espaldas sobre las jeringuillas mal repartidas y dando muerte al fin al cuerpo que antes había llevado en su interior a alguien excepcional, alguien con quien la vida había tomado un nuevo sentido pero que la droga y las ganas de no quererla dejar habían destruido, arruinado, intoxicado. El crack me la había arrebatado y yo la había dejado ir, tiempo atrás, así que lo que allí yacía no era más que una caja vacía. Eso era ahora mi niña Martina, una carcasa, un cadáver más de esos que a nadie importa, un caso sin resolver que la policía acabaría archivando como un mero ajuste de cuentas entre drogadictos, uno más, una historia que ni los periódicos llevarán en su interior ni las noticias gritarán como hacen siempre cuando alguien importante muere. Una yonki no es ni será nunca alguien relevante para la sociedad de lo inmediato, tampoco para mí. Martina había sido algo antes de todo eso, había sido genial, amante total, un diez como alma pura, pero ahora era eso que mis ojos contemplaban ya sin más lágrimas: la caja vacía de un regalo que me había dado la vida.

Al día siguiente me levanté temprano, tomé el desayuno rápido de siempre y me fui a trabajar. La vida seguía. Así es la muerte, hoy estás, mañana no, y todo sigue igual, solo que sin ti.

Y a nadie le importa.


Fotografía: Cartas a Ninguna Parte.
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Un comentario Agrega el tuyo

  1. Fuerte y poderoso relato.
    Pero, ¿es realmente un amigo/a quien te ofrece droga?
    Saludos!!!

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