¿A dónde se fueron las moscas del verano?

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Damas y caballeros:
el espectáculo está a punto de comenzar.
Tomen asiento y esperen el desenlace final.
Advertencia: no se fíen de lo que estén a punto de leer
ni se dejen engañar por el viejo tono de rey.
Con todos ustedes, el bufón.


Te estoy hablando.

Amigo, seré joven y no entenderé el dinero,
pero sé reconocer a un muerto cuando lo veo respirar.
Escucha: si quieres ser un buen poli
al primer ataque de nervios you can’t just bang bang bang.

¿No nos hemos visto antes?

Yo solía reírme más cuando sabía menos. Una risa despreocupada estallando a un palmo de mi cara. No necesitaba buscar, no tenía de qué preocuparme. Ya llegará, muchacho. Oía los aplausos y me los creía. 

Un escritor no se debe más que a su escritura. Me da igual no tener libros, me da igual no tener público y, sobre todo, me da igual no tener estilo. El estilo limita por arriba. Para hacer esto hay que llenarse de barro. Mancharse bien. Borrar y borrar y dejar las frases sin puntos finales, asomarse a ellas, caerse al otro lado. Olvídate de hacer esto, amigo, si dos y dos son cuatro y en las entrevistas de trabajo te dejas el reloj en casa por el qué dirán.

Mírame

Joder. Mi reino por un minuto. Un jodido minuto. Eso es lo que necesito para poder arrancarme algo de esperanza. Un minuto, nada más que eso. Pero no tengo tiempo para nada. Siempre estoy luchando por ese minuto, por ese paso a un sitio más lejano, a un espacio futuro, inexplorado, un terreno al que nadie-nunca-antes haya podido-sabido-querido llegar.

A la cara.

Un lugar mejor, seguramente, pero no tengo tiempo para nada. Es ese minuto el que siempre termina por alcanzarme a mí con su estúpida verdad. Su puta prisa. Me seduce, me atrae, me golpea y me mata. Ese minuto egoísta que solo piensa en sus 60 segundos. En el uno, en el dos, el trescuatrocinco… todos eso números acumulándose  uno sobre otro tras el estruendo del tictac. Ese minuto -mi minuto- y yo a veces hablamos y casi siempre le soy sincero: 

«Hoy no tengo tiempo para ti, darling. Bad day at the office. Maybe mañana. Tengo que trabajar muy duro para que otro se enriquezca por mí, ¿sabes? Tengo cosas que hacer, muchacho. No es fácil enriquecer al jefe, ¿sabes? Siempre pide más y más y más… Debe necesitarlo, ¿no? La empresa se llama como él y el tipo ni siquiera conoce el mío… Pero no me quejo. Es lo que hay. Mejor eso que…»

Y es entonces cuando caigo dormido en mi lado de la cama.

Espera.

Tengo mucha plastilina con la que jugar. Quizás demasiada, de ahí que prefiera esta esquina del patio y me aleje de vosotros, niños malos. Os oigo reír en vuestros columpios oxidados, arriba y abajo, arriba y abajo, y me planteo quién diablos os estará empujando tan fuerte… ¿Tanto os gustan los papeles de colores? ¿Para qué queréis más? ¿Cuánto decís que valen vuestros sueños?

Ah. Entiendo.

¿Ha cambiado algo desde que intercambiábamos conchas de playa y piedras preciosas? Y si lo ha hecho, ¿dónde está el cambio? ¿Y la gente? Hay más gente que nunca, sí, pero ¿dónde está? Permíteme que desconfíe de la Historia.

Verás. Recuerdo un cuento. La primera parte se titula Los jóvenes se quejan. La segunda, Para progresar han de haber padres a los que poder matarAhora, dime, ¿eres tan joven como para seguir quejándote o te tiramos a la cesta con las demás frutas agusanadas?

¿Nos conocemos?

Las correcciones nos despojan del fuego. Yo te maldigo, Educación. Ojalá no desperdicie nunca la capacidad de perderte. Compi, si alguna vez fuimos puros fue en la infancia. En la más tierna, blanda e inocente niñez. Vamos tarde. Solo entonces podíamos mirarnos a los ojos y decir esto qué cojones es y para qué coño sirve. Como ese perro que sale a cagar cada 4 horas y al ver su esquina la mira como si fuera la primera vez que se cruzan.

Ese perro boquiabierto y que mueve la cola de aquí para allá no es más que el puto niño que todos hemos sido, joder.

¿Cómo he podido estar tan ciego?

¿Y tú?

Ya te vale.

Sigo aquí.

Amigo, si has llegado hasta esta línea, te felicito. Debes estar más jodido que yo. Si me permites, deberías (1) pagarte un buen curso de cualquier gilipollez impartida por un calientasillas con menos ambición que tú. Al terminar, (2)  enmarca una copia de tu título y (3) cuélgala en la entrada de tu casa. Como si fueras un dentista de barrio pijo. Cuando te pregunten por tu trabajo, (4) señala el marquito de Ikea y mientras arqueas una ceja -y aguantas la risa-, lo sueltas:

«soy más feliz haciendo lo que me gusta».

A partir de ahí ya échale tu la imaginación.

Cuéntales la mentira.


Enric Ochoa-Prieto
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3 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Llegué hasta esa línea… Y algo jodidos, sí , pero no estamos tan mal.
    Me alegra leerte de nuevo!

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    1. Anónimo dice:

      No sé cómo llegué por aquí. Que más da, es interesante encontrarse con gente conocida. Que estés bien.

      Le gusta a 1 persona

      1. Eso de conocido lo pongo en duda hasta yo de mí mismo… pero gracias por el comentario. Bienvenid@

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